Desde hace siglos, la porcelana ha sido uno de los materiales que mayor fascinación ha creado dentro del mundo de la cerámica. Su blancura, su resistencia y su elegancia natural han conquistado a emperadores, artesanos y diseñadores. Actualmente, sigue viva y hace alarde de propuestas más contemporáneas que van desde el arte hasta la joyería en porcelana más vanguardista, pasando por objetos más funcionales y esculturas.
La historia de la porcelana es fascinante dentro del arte cerámico. Nació en China hace más de mil años, en el siglo VII, y alcanzó su máximo esplendor técnico y estético en el siglo X. Considerada un tesoro nacional, su fórmula exacta se mantuvo en secreto durante siglos. Su elaboración requería una precisa mezcla de caolín, cuarzo y feldespato que se cocía a muy altas temperaturas, dando como resultado una cerámica blanca, fina, sonora y casi translúcida. Los emperadores chinos la reservaban para la corte y los templos, con piezas consideradas símbolos de estatus y espiritualidad.
Tal era y es su calidad que, en nuestras fronteras, Lladró inició una marca icónica que todavía hoy permanece entre nosotros. La historia de esta marca comienza en mil novecientos cincuenta y tres, en un pequeño taller de Almácera, una localidad cercana a Valencia. En este pequeño taller, los hermanos Juan, José y Vicente Lladró, procedentes de una humilde familia de agricultores, dieron vida a lo que hoy sigue siendo el imperio de la porcelana artística. La inspiración llegaba de su madre, Rosa Lladró, encargada de inculcar a sus hijos el amor por el arte, que decidieron seguir con esa pasión por la cerámica.
En un principio, se dedicaron a crear platos, jarrones y figuritas de cerámica que se inspiraban en las obras que hacían los grandes fabricantes de Europa. Con un pequeño horno moruno que construyeron en el patio de la casa familiar, iniciaron su andadura, experimentando y perfeccionando sus técnicas.
Un arte en continua evolución
Evolución que hoy sigue vigente, como podemos comprobar en Artestilo, una tienda de porcelana en la que se pueden encontrar figuras de tauromaquia, de animales hechas a mano, meninas y, por supuesto, Lladró, incluyendo las figuras descatalogadas que no se pueden encontrar en ninguna otra tienda.
En sus inicios, las creaciones de Lladró seguían el estilo clásico que mostraba la porcelana europea. Las primeras figuras se caracterizaban por recurrir a la técnica de tul porcelánico para vestir a las figuritas que se decoraban con colores vivos que se obtenían de esmaltes con una base de óxidos metálicos. Durante esta primera etapa se sentaban las bases que seguirían el desarrollo del estilo que marcó el distintivo de la marca.
Durante los primeros años de la empresa, destacaban artistas como Amparo Amador, quien contribuyó de forma más que significativa al desarrollo de las colecciones de Lladró. Encontrándose entre sus obras más destacables la figura “Monaguillo”, que se creó en el año mil novecientos cincuenta y ocho, con un claro reflejo de la delicadeza y el detallismo más característicos de la casa Lladró.
A finales de los cincuenta, los hermanos se vieron en la obligación de expandirse a consecuencia del creciente e imparable éxito del negocio. El mismo año, mil novecientos cincuenta y ocho, trasladaron su taller a una fábrica de mayor tamaño en Tavernes Blanques, dando inicio a una nueva etapa para la empresa que se caracterizaba en aquellos tiempos por su innovación y, en consecuencia, crecimiento.
El éxito que alcanzaba Lladró no era únicamente fruto del talento de los hermanos fundadores. Un grupo de escultores locales contribuyó de forma muy notable al desarrollo del estilo más característico de la marca. Entre los artistas más destacados podemos citar a Fulgencio García “Garcieta”, Amparo Amador, Antonio Arnal y José Rausell.
Fulgencio fue considerado el más genial de los escultores del entorno Lladró, fundamental para la creación de la “estética Lladró” tan reconocida. Su influencia fue notable durante los años sesenta y tres a sesenta y cinco, cuando se incorporó la elongación en sus figuras, rasgo distintivo de la marca.
Amparo Amador fue una de las primeras escultoras que se unieron al equipo, contribuyendo de forma significativa al desarrollo distintivo de la marca durante sus primeros años. Creaciones como la “Niña valenciana con cántaro” son un claro ejemplo de cómo se definía el estilo temprano de Lladró antes de que se adoptara la elongación.
Antonio Arnal era otro de los escultores locales que se habían formado en la Escuela de Arte y Oficios de Valencia, que aportó su talento y visión a las primeras creaciones de la marca, junto a José Rausell, que ayudó a definir el estilo inicial de Lladró.
En el año mil novecientos sesenta y dos, los hermanos Lladró fundaron la Escuela de Formación Profesional en Tavernes Blanques, con la finalidad de poder compartir sus conocimientos y experiencia para poder formar a los nuevos artistas y técnicos en el arte de la porcelana. Algo que, como hemos podido comprobar, dio unos resultados excepcionales, ya que la marca Lladró permanece en la actualidad en todo su esplendor.
Una revolución técnica y de estilo
A principios de la década de los sesenta, estos hermanos visionarios desarrollaron un proceso revolucionario en el momento: la técnica de monococción. Gracias a este método era posible crear las características tonalidades pastel y el acabado brillante que se convertirían en el sello de distinción del que haría alarde Lladró. Esta innovación mejoró la calidad estética de las piezas al mismo tiempo que permitió obtener una optimización en el proceso de producción, lo que iba a permitir que la empresa creciera y se expandiera a nivel nacional e internacional.
Con el paso del tiempo, Lladró desarrolló un estilo particular y reconocible que se caracterizaba por sus líneas elongadas y figuras complejas, el dominio de los materiales, la atención minuciosa al detalle, el uso de tonos pastel suaves y el acabado brillante y cristalino de sus esculturas y objetos de porcelana. Este estilo era, es y será distintivo, además de que se une a la calidad artesanal de cada pieza, lo que hizo que la marca alcanzara la fama y el renombre internacionales de los que sigue haciendo gala, especialmente en el mercado estadounidense durante los años sesenta y setenta.
Las figuras de la primera época, concretamente las que se produjeron entre los años mil novecientos cincuenta y tres y mil novecientos sesenta y siete, siguen siendo muy valoradas por los coleccionistas y entusiastas de la porcelana. Son varios los factores que contribuyen a que posean este valor de excepción:
- Su rareza. Muchas de las piezas tempranas se produjeron en cantidad limitada, haciendo que sean escasas y difíciles de encontrar en la actualidad.
- Su calidad artesanal. En sus inicios, cada pieza se fabricaba con un cuidado y una atención al detalle excepcionales, reflejo de la pasión que sentían los artistas por el oficio.
- La innovación técnica. Ya que las primeras figuras eran una clara representación de los inicios de las técnicas revolucionarias como la citada monococción, que definiría el estilo Lladró.
- Su valor histórico. Las piezas son testigos del nacimiento y evolución de una marca que llegó a convertirse en el referente mundial de la porcelana artística.
- Sus diseños únicos. Siendo las creaciones de la primera época las que presentaban diseños experimentales y audaces que no se repitieron posteriormente.
El mercado del coleccionismo de Lladró comenzó a exportar parte de su producción a Canadá en el año mil novecientos sesenta y cinco y se introdujo en el mercado estadounidense en el año sesenta y nueve. La combinación de talento de los hermanos Lladró con los artistas previamente mencionados hizo posible que la empresa se consolidara en el mercado internacional, llevando el arte de la porcelana nacional a todo el mundo.
El valor de las figuras en el mercado del coleccionismo puede variar en gran medida. Algunas piezas pequeñas y comunes se venden por diez o veinte euros, mientras que las de mayor tamaño, elaboradas o raras, pueden alcanzar hasta los veinticinco mil euros o más.
Hay que destacar que el valor de una pieza depende de factores como la rareza, su condición, la demanda actual del mercado y, en el caso de las ediciones limitadas, el número de serie y su certificado de autenticidad.
En definitiva, las figuras Lladró de la primera época representan el nacimiento de una marca que se ha convertido en icónica, además de pertenecer a un periodo de creatividad e innovación absoluta dentro del mundo de la cerámica decorativa. Para los grandes coleccionistas y amantes del arte, se trata de piezas que ofrecen una oportunidad única de adquirir un fragmento de la historia de Lladró, como ejemplo de la exquisita artesanía española.
A medida que la marca evoluciona y colabora con artistas contemporáneos, el valor de las primeras obras aumenta y se consolida su posición como piezas de colección altamente codiciadas que se convierten en una inversión artística de primer nivel. Sin lugar a dudas, Lladró se ha convertido en un claro exponente del arte nacional, codiciado por los coleccionistas y altamente valorado dentro del mercado internacional de la porcelana.